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Full text of "Elogio del doctor Cristobal Mendoza, 14 de octubre de 1913"

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C. ZüMETA O 'O O 



q a Elogio del Doctor 
CRISTÓBAL MENDOZA 



14 DE OCTUBRE DE 1913 






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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




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DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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C. ZUMETA O O O 



D D Elogio del Doctor 
CRISTÓBAL MENDOZA 



14 DE OCTUBRE DE 1913 



DISCURSO 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/elogiodeldoctorcOOzume 







LA evocación de Cristóbal Men- 
doza en esta Sala, en 1913, trae 
al espíritu el desaliento de pensar 
que si la elocuencia de aquella vi- 
da, toda ella una larga costumbre 
de sacrificio al bien de los Vene- 
zolanos, no bastase a conmover, de 
propia eficacia, a esta su casi inme- 
diata posteridad, y se borrara en la 
memoria y el culto de la escasa 
grey esparcida por el vasto terruño 
¿cuál efecto útil habría de tener el 



breve recuento de aquella existen- 
cia, sorteado el azar de una con- 
memoración a quien no ha de sa- 
ber darle a la imagen el perenne 
relieve del que, sobre la audacísima 
frente de la rebeldía, fué y es la in- 
borrable marca del Derecho? 

La primavera de 1810, encuentra 
al culminante trujillano, próximo ya 
a los cuarenta años, en el limbo 
del hogar numeroso; abogado cuya 
clientela se extiende con su renom- 
bre de Apure a Mérida por Barinas 
y Trujillo; señor de tierras en don- 
de ha fundado bienes de gran cuan- 
tía. Y le encuentra listo; porque 
aun cuando jamás tuvo él la am- 
bición de gobernar a los hombres, 
no le vino a la mente la consagra- 
da excusa de no ser «político», ex- 



cusa invocada por la legión de los 
que reclaman amparo de la Ley, el 
fuero de la Paz o regalías del Po- 
der y se están a las fáciles y có- 
modas, en calidad de meros espec- 
tadores, exentos del deber de ciu- 
dadanía, sin cooperar nunca activa- 
mente a la estabilidad del equilibrio 
social, sino a falsearlo con las cen- 
suras y esquiveces zangan as de su 
egoísmo. El estuvo donde le llama- 
ba la dignidad cívica; fué, en Ba- 
rinas, alma de la jura de Unión y 
Alianza con las demás Provincias; 
hecho, por voto unánime, Secretario 
de la Junta, restablece, en la admi- 
rable Instrucción para organizar los 
Cabildos y Departamentos, el con- 
culcado Poder del Municipio; busca 
en la federación de las comunas los 



manantiales de la soberanía; ordena 
el censo y catastro de las poblacio- 
nes y decreta la escuela primaria 
gratuita y obligatoria (1); preside 
la Asamblea provincial en cuya fór- 
mula de promesa consta que «no se 
reconoce más supremacía que la del 
Congreso General de Venezuela»; 
asiste al Constituyente de 1811, que 
le nombra miembro del Triunvirato 
Ejecutivo y, con este carácter, se 
pronuncia el 4 de julio «por la 
inmediata declaratoria de Indepen- 
dencia». 

De este ápice adonde, conforme 
a una lógica desusada en las Re- 
públicas, le había encumbrado no 
más que su mérito, lo despide el 



1. «Gratuita para los pobres y obligatoria para los indolen- 
tes», reza el texto en la Instrucción citada. 



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fracaso de 1812 y Mendoza, emigra- 
do, es en Bogotá del consejo ínti- 
mo de Camilo Torres hasta que el 
Brigadier de Tenerife, el Guamal, 
el Banco y Cúcuta dice en la fron- 
tera el conjuro a cuyo son extien- 
den sus alas las Victorias en los 
flancos de los Andes y van alzan- 
do de la fosa la rediviva Patria. El 
triunviro proscripto acude; recibe de 
Bolívar aquel solemne encargo: «Yo 
iré delante libertando; usted me se- 
guirá, organizando» y, a medida que 
va incorporándose la República ante 
el milagro de 1813, Mendoza, Go- 
bernador de Mérida libertada, Go- 
bernador del Estado de Caracas, «con 
facultades soberanas en todos los 
ramo$», es, por lo activo y probo 
de la Magistratura, el fulcro de 



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la redención y la sanción del 
triunfo. 

Entonces, llamado el Destino a ele- 
gir entre Simón Bolívar o José To- 
más Boves, como la turba ante el 
Pretorio, votó contra el redentor, y 
la catástrofe diseminó por las islas 
del Caribe los héroes y los apósto- 
les. Don Cristóbal Hurtado de Men- 
doza, protector de indios, abogado 
de cuatro Provincias, cosechador de 
mil becerros al año en 1810, ase- 
diado en 1814 por los menesteres 
del bogar desprovisto, abre pulpería 
en la isla de la ((Souffriére». Pero 
como si hasta la naturaleza protes- 
tara de tales vicisitudes violatorias 
de cosas augustas de la eterna Equi- 
dad, un ciclón avienta a los aires 
y a la mar aquella inmerecida ga- 



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llofa de la adversidad, y vuelve el 
benemérito de la vida al ejercicio 
de la abogacía en Puerto España, y 
prospera hasta que de nuevo le in- 
vita Bolívar, en 1821, a trocar el bien- 
estar adquirido por el servicio pú- 
blico. Renuncia en 1824 el cargo 
entre homenajes especiales de la Cor- 
te Superior y del Gobierno de San- 
ta Fé; a punto estuvo luego de ser 
electo Vicepresidente de Colombia; 
declinó Ministerios de Estado, y 
hubo al fin de aceptar, con detri- 
mento de su reposo y de su pecu- 
lio, la Intendencia de Venezuela. 

La cima, que su virtud consagra- 
ba, le fué siempre funesta. Cuan- 
do él llegó a la Intendencia ya es- 
taban desatadas las fuerzas que des- 
trizaron en tres banderas el iris de 



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la Gran Colombia. Cuando Páez le 
anuncia el somatén de Valencia y 
le recuerda que «en las crisis pú- 
blicas nada es cierto sino lo que 
ya está hecho», Mendoza aconseja 
que a tan grave suceso, precursor 
del rompimiento entre dos pueblos, 
se le tenga por mera disidencia en- 
tre dos partidos y se someta al ar- 
bitraje supremo del Libertador Pre- 
sidente: a Páez le advierte que se 
propone «salvar a Colombia y sal- 
varlo a él»: a Bogotá previene que, 
«ante los grandes acontecimientos es 
necesario pensar en grande y mien- 
tras quede medio pacífico de librar 
la substancia no hay que reparar 
en accidentes»: a todas las Provin- 
cias lleva la consigna de la calma; 
por sobre todas las violencias pone 



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la disciplina de la autoridad: por 
sobre todas las ambiciones el lába- 
ro de la lealtad a Bolívar. Salva 
la República, salva a Páez; cuanto 
a él, apaciguador de tormentas, era 
su sino atraer el rayo. El, que se 
esforzaba «por darle un día de con- 
suelo a Colombia, o sacrificarle una 
vida vieja y gotosa que ya nada 
vale», tuvo que probar en la tribu- 
na que «todavía quedaba un hom- 
bre libre en aquesta desgraciada tie- 
rra» y otra vez rodó al destierro, 
de donde vuelve a poco al Poder 
victoreado por Bolívar en las calles 
de esta ilustre ciudad. En vano 
reitera «la única súplica que jamás 
he hecho al Gobierno, la de reti- 
rarme a mi casa». ¿Cómo atender 
a su ruego si él es símbolo de la 



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unidad de la Patria grande y ga- 
rante del discreto y generoso ejer- 
cicio del Poder? Pero Colombia 
y él estaban mortalmente heridos: 
el mismo artero mal que roía el 
ser de aquélla lo devoraba como 
por contagio a él, y lo relevó de 
la Intendencia transfigurándolo, por 
el definitivo exilio del sepulcro, en 
inultrajable monumento incólume del 
honor nacional. 

Tal fué la obra. ¿Cuál el elogio? 
Ante este modelo de vidas ejempla- 
res, el comentarista se expone a 
dar la impresión de que pretende 
pasar por descubridor de las exce- 
lencias del Evangelio o de los fun- 
damentos de la moral cívica, por- 
que Cristóbal Mendoza representa 
el conjunto de virtudes cuya prác- 



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tica sustenta los imperios y sin las 
cuales decaen y se extinguen los 
Estados. 

Señores: 

Los Padres de Naciones son Gran- 
des de la Historia que desfilan sin 
destocarse ante los diez mandamien- 
tos, y van adelante conquistando, 
más allá del bien y del mal, hasta 
confundirse con los mismos dioses 
en las brumas y fulguraciones de la 
fábula; son la espada de la arca- 
na Justicia; pero estos héroes iner- 
mes de la Equidad, que les si- 
guen organizando, son la balanza 
misma juzgadora; tienen a su car- 
go encontrar el equilibrio entre la 
potestad de las Leyes y la inexo- 



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rabie potestad de los Hechos: armo- 
nizar la tradición con el progreso, 
por la firmeza y la tolerancia, y de- 
mostrar que los pueblos no viven 
de sangre y lágrimas, sino de aque- 
lla persistente eficacia de la Liber- 
tad, que a cada uno asegura, según 
sus obras, su ración posible de pan 
y su ración posible de esperanza. 
Mártires de holocaustos sin pom- 
pa y de ignorados calvarios, ellos 
son la substancia recóndita de la 
Patria, y sólo así se da cuenta el 
espíritu de que en este propio re- 
cinto, el 14 de octubre de 1813, el 
Ciudadano Cristóbal Mendoza, eri- 
gido de propio arbitrio en prelado 
de la Roma ideal y ubicua del De- 
recho, unja y consagre en Cabildo 
Extraordinario al Ciudadano Simón 



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Bolívar con la investidura única de 
una majestad desconocida para el 
mundo, cuya aureola vale más que 
el cetro de todos los imperios de 
la Tierra, y que desde ese instante 
hombres y naciones, coetáneos y 
pósteros reconozcan la autoridad y 
confirmen la legitimidad de esa con- 
sagración. 

Es porque Mendoza fué entraña 
misma del alma de la Nacionalidad 
y como hostia de su ideal, por lo 
que en el preciso grado en que em- 
palideciere con la memoria de él la 
de los patricios dignos de serle equi- 
parados, y se desertase el ara de ese 
culto, se enturbiaría en la concien- 
cia del Pueblo el orgullo de su ori- 
gen, que le mantiene en comunión 
con el pasado por la gloria de la 



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Libertad, y el orgullo de su desti- 
no, que es comunión de fe en 
el porvenir por la gloria del es- 
fuerzo y la justicia, y por eso hon- 
rar a Cristóbal Mendoza es afirmar 
la inmanencia de lo que él simbo- 
lizó y la vitalidad de la República. 

Señores. 



IMPRESO EN LA CASA EDITORIAL 
DE HERRERA 1RIGOYEN S CA. O 
CARACAS O MCMXIII O O O 



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